¡Garabito, garabato! A ritmo de inclusión
Como todas las historias, esta comienza hace mucho. mucho tiempo... Bueno, tal vez no tanto. En un lejano país... Bueno, quizá no tan lejano. Allí, en una pequeña aldea vivía un matrimonio que tenía tres hijos.
El hermano mayor se llamaba, Juan. El hermano mediano se llamaba, Pedro, y el hermano pequeño se llamaba ¡Pepito!
El hermano mayor, Juan, era muy trabajador. El hermano mediano, Pedro, era muy trabajador. Y el hermano pequeño, Pepito, era un trasto, un bala perdida, un zascandil.
Juan y Pedro se levantaban cada mañana con el primer rayo de sol, se desperezaban, se quitaban las legañas, se vestían, sacaban las vacas del establo y las conducían con su carro hasta la orilla del río, donde brotaba el pasto más verde y más jugoso. Después las ordeñaban, subían las lecheras al carro y regresaban al pueblo para vender la leche.
Pero el benjamín de la familia, Pepito, el trasto, el bala perdida, el zascandil, no se parecía nada a sus hermanos. En lugar de ayudar en la casa, a él lo que le gustaba era trepar a los árboles, pisar los charcos después de la lluvia y perseguir la sombra de las nubes.
Su infancia discurría suavemente y sin sobresaltos...
Mas hete aquí que un día le sucedió lo peor que le puede suceder a un muchachito. Su madre falleció. El padre, para no dejar a los chicos sin los imprescindibles cuidados maternos, se casó en segundas nupcias. Pero la “nueva mamá”, la madrastra de Pepito y sus hermanos, tenía otros planes para el protagonista de esta historia.
Un buen día lo llamó al orden y le dijo:
- Pepito, se acabó eso de subir a los árboles, pisar los charcos después de la lluvia y perseguir la sombra de las nubes. A partir de ahora compartirás la faena de la casa con tus hermanos mayores. Mañana te levantarás con el primer rayo de sol y llevarás las vacas a pastar, las ordeñarás y volverás con las lecheras cargadas para vender la leche en pueblo.
Pepito, que era un trasto, un bala perdida, un zascandil, sintió como si el cielo se le viniera encima de su cabeza y, a regañadientes, no le quedó más remido que obedecer.
Así pues, al día siguiente, cuando los gallos cantaron y el primer rayo de sol atravesó la atmósfera terrestre, Pepito, se levantó, desayunó y entre bostezos, sacó las vacas del establo dispuesto a conducirlas hasta la orilla del río donde crecía el pasto más hermoso y nutritivo. Aquel día se convertiría en su primera aventura.
Sucede que Pepito nunca se había aventurado por el camino del río y a la salida del pueblo, en un recodo, vio una vieja casa, arrumbada, desvencijada, solitaria, en la que nunca se había fijado. Una viejecita, que daba vueltas al rededor de un poyo de piedra junto al portón de entrada, decía con temblorosa voz:
- Una limosnita, por amor de Dios, una limosnita. Tengan piedad de esta pobre anciana, una limosnita por favor. Pero que cara más guapa tiene este niño, te daré una ramita de romero para que tengas mucha suerte en la vida. Hoy es un día de invierno, en la calle hace mucho frío. ¡Oh! Que niña más rica, toma una ramita de romero para que goces de buena salud.
Pepito, era un trasto, un bala perdida, un zascandil, pero tenía un corazón de oro de 25 quilates que no le cabía en el pecho. No podía ver a nadie más desfavorecido en apuros sin sentirse inclinado a ayudarlo.
Introdujo la mano en el bolsillo del pantalón, donde llevaba una monedita de cobre, de escaso valor, que le había dado su madrastra para utilizar en un caso de necesidad. La depositó en la temblorosa palma de la mano de la anciana, la cual dijo:
- Gracias, Pepito.
- Pero... ¿Cómo? ¿Sabe mi nombre?
- Sí.
- Si no me conoce.
- No.
- Entonces Ud. no es una anciana normal y corriente
- No.
- ¡Usted es...!
- Sí. ¡Una bruja!
Pepito comenzó a temblar. No le llegaba la camisa al cuerpo. Su primer día de trabajo y se había tropezado con ¡una bruja!
- Tranquilo, Pepito. No soy una bruja mala, sino una bruja sabia que ha sabido reconocer la bondad de tu corazón. Has demostrado tener buenas entrañas, por lo tanto, te voy a hacer un regalo.
- ¿Me va a regalar algo? ¿Usted?
- Sí, mozalbete, acompáñame.
Le hizo una seña y se introdujo por el umbral de la puerta de casa destartalada.
El ánimo de Pepito era presa de dos fuertes emociones: el temor y el deseo. El temor de lo que le aguardaba si cruzaba el umbral de la entrada y el deseo de conocer lo que el destino y la aventura le tenía deparado. Pudo más el deseo de conocer que el temor de sufrir algún percance y siguió a la vieja bruja.
Atravesaron un pasillo más oscuro que una mina. Pepito, sentía como se adhería a su piel telarañas, polvo y restos de cal de los muros.
Finalmente, desembocaron en una enorme cocina en cuyo hogar aleteaba un gran fuego de llamas rojigualdas. A la luz cambiante de la hoguera pudo ver la colección de instrumentos musicales más maravillosa del mundo mundial.
- ¡Señora, vaya colección de artefactos que tiene Ud. en casa!
- ¿Te gusta la música? – inquirió la sutil viejecita.
- Me encanta, pero lamentablemente a lo más que llego es a tocar la aldaba de la puerta.
- Estos ingenios musicales, Pepito, eran de mi difunto esposo. Un gran músico. Él conocía el secreto para tocar todos estos instrumentos con maestría. Me enseño que el alma de los músicos no muere nunca. Tampoco viaja al cielo o el infierno o se queda vagando errante por el mundo. El alma de los músicos pertenece a sus instrumentos, vive en ellos eternamente. Por eso, si se pronuncian unas palabras mágicas, despertará y tomará posesión del instrumento, el cual tocará el solito.
- ¡Señora, qué historia tan increíble!
- Vamos, Pepito, escoge un instrumento. El que más te guste. Anda, selecciona uno a tu gusto.
Los ojos de pepito brujulearon la estancia y se posaron sobre un instrumento que parecía una bandurria pero más alargada:
- ¡Qué instrumento tan curioso, señora! ¿Cómo se llama? – dijo mientras lo tomaba entre sus manos.
- Eso es un “cistro”
- ¿Un ministro?
- No, hijo, no, si fuese un ministro no estaría con unos pobretones como nosotros. Es un “cistro” o “guitarra de barbería”, ya que antiguamente la tocaba un “ministril” en las peluquerías de Inglaterra cuando los señoritos iban a cortarse el pelo.
- Entonces, supongo que será muy difícil de tocar.
- No porque yo te voy a enseñar las palabras del conjuro. Repite conmigo:
- ¡Garabito, garabato…!
- ¡Garabito, garabato…!
- ¡Garabato, garabito…!
- ¡Garabato, garabito…!
-... ¡Que el cistro toque un rato…!
-... ¡Que el cistro toque un rato…!
-... Qué el cistro toque un ratito!
-... Qué el cistro toque un ratito!
En ese momento las manos de Pepito comenzaron a moverse como si tuviesen vida propia e improvisaron una alegre tonada en el cistro.
- ¡Se-se-se... señora, esta es una magia muy poderosa! ¡Yo me piro!
- Quieto, pasmarote – le dijo y lo agarró por el cogote.
Ahora sí que el protagonista de esta historia estaba dividido entre el más grande temor y el más indómito deseo. Temor a no salir con vida de aquel lugar y deseo de seguir conociendo los instrumentos encantados.
Recupero su aplomo, paseó la mirada por los instrumentos y dijo tranquilizándose.
- Señora, y aquel otro instrumento tan raro, ¿qué es?
- Eso es una “zanfoña”.
- ¿Cómo? ¿Carantoña?
- No, Pepito, no. “Zanfoña”.
- Parece que es muy difícil de tocar. Veo que está compuesto de muy diversas partes como los seres mitológicos. Tiene manivela como el organillo, cuerpo de guitarra, cuerdas como el violín y teclas como el piano.
- Adelante, adelante. Tómalo con cuidado y pronuncia las palabras del conjuro.
Como no tenía nada que perder y mucho que conocer, tomó el instrumento, dijo las palabras.
- ¡Garabito, garabato…!
- ¡Garabito, garabato…!
- ¡Garabato, garabito…!
- ¡Garabato, garabito…!
-... ¡Que la zanfoña toque un rato…!
-... ¡Que la zanfoña toque un rato…!
-... Qué la zanfoña toque un ratito!
-... Qué la zanfoña toque un ratito!
Al punto sus manos comenzaron a moverse como si tuviesen vida propia, sin saber cómo ni cómo no, improvisaron una tonada en la zanfoña.
- ¡Se-se-se-señora, esto es cosa del demonio! ¡Me voy antes de que suceda algo malo!
- ¡Quieto, pasmarote! – dijo la vieja y lo agarró por el... – No seas gallina. Vamos. Explora otro instrumento.
Fue cuando el muchacho vio, entre aquellas maravillas del ingenio humano, una cosa mundana, vulgar y que rompía todo el encanto de aquella escena.
- Señora, ¿qué hace aquí esta sartén? ¡No me diga más! ¿Ha estado comiendo unos huevos fritos con chorizo? – bromeó acercando la nariz al fondo del enser.
- Muchacho de poca fe. Todo lo que te rodea es mágico, maravilloso y musical. La sartén, aunque la veas humilde y herrumbrosa, también es un instrumento.
Pepito se rio a carcajadas.
- Ahora me dirá que Ud. fríe las patatas en un violín de Viena.
- Déjate de paparruchas. Lo mejor será que digas las palabras mágicas.
Pepito las pronunció en alta voz...
- ¡Garabito, garabato…!
- ¡Garabito, garabato…!
- ¡Garabato, garabito…!
- ¡Garabato, garabito…!
-... ¡Que la sartén toque un rato…!
-... ¡Que la sartén toque un rato…!
-... Qué la sartén toque un ratito!
-... Qué la sartén toque un ratito!
Al instante sus manos nuevamente obraron por cuenta propia y comenzó a sonar aquella sartén como el mejor tambor del mudo.
Pepito no salía de su asombro. Lo más que había tocado en su vida era el timbre de la bicicleta y una vez, que subió al campanario, las campanas de su pueblo.
- ¿Qué es aquello de allí? – Dijo señalando con el dedo un artefacto que parecía la parte de abajo de un reloj de pared.
- Eso es un “salterio”.
- ¿Un monasterio? ¿Y dónde están los frailes? Deben de ser muy pequeñitos.
- Salterio, Pepito, salterio.
- Pues a mí me parece la parte de abajo de un reloj de carrillón: tic-tac-tic-tac... –observó poniendo la cabeza encima del cachivache y moviendo los ojos con vaivén de péndulo.
- Deja de hacer el ganso y di las palabras mágicas.
- ¡Qué temor y que deseo! – Dijo con ilusión mientras con voz sonora vocalizaba el conjuro.
- ¡Garabito, garabato…!
- ¡Garabito, garabato…!
- ¡Garabato, garabito…!
- ¡Garabato, garabito…!
-... ¡Que el salterio toque un rato…!
-... ¡Que el salterio toque un rato…!
-... Qué el salterio toque un ratito!
-... Qué el salterio toque un ratito!
Una vez más las manos escaparon a su control. Con una de ellas se llevó el salterio o tambor de cuerdas a la cintura, con la otra blandió una flauta y ahí fue una sola cosa ponerse a tocar con chifla y salterio, un espontáneo son.
Pepito había visto tambores de todo tipo pero ¡de cuerda!, jamás de los jamases. ¡Qué decir de la flauta que se tocaba con una sola mano! Su primer día de trabajo se estaba convirtiendo en uno de los días más importantes de su vida.
- Señora, ¿eso de allí que es una guitarra que por mojarse ha encogido?
- Eso, muchachito, es un “ukelele”.
- ¿Uke-qué?
- Ukelele
- ¿Uke o lele, en qué quedamos?
- Ukelele, un invento hawaiano
- Voy a pronunciar las palabras y analizar que sucede...
- ¡Garabito, garabato…!
- ¡Garabito, garabato…!
- ¡Garabato, garabito…!
- ¡Garabato, garabito…!
-... ¡Que el ukelele toque un rato…!
-... ¡Que el ukelele toque un rato…!
-... Qué el ukelele toque un ratito!
-... Qué el ukelele toque un ratito!
El sonido del ukelele era divertido y agudísimo, lleno de gracia y donaire. Durante un buen rato el instrumento vibró entre sus manos. Una vez terminada la demostración los devolvió a su lugar y fue entonces que se reparó en dos viejas cucharas de madera sobre la mesa.
- Ahora sí. Ahora la pillé, señora. Esto no es un instrumento musical. Esto son dos cucharas mondas y lirondas de las de toda la vida, aunque de palo.
- Niño insolente y descreído. ¿No te he dicho que todo, absolutamente todo, lo que aquí ves son instrumentos? Lo mejor será que digas las palabras mágicas y que lo compruebes en tus propias carnes y entendederas.
Dicho y hecho.
- ¡Garabito, garabato…!
- ¡Garabito, garabato…!
- ¡Garabato, garabito…!
- ¡Garabato, garabito…!
-... ¡Que las cucharas toquen un rato…!
-... ¡Que las cucharas toquen un rato…!
-... Qué las cucharas toquen un ratito!
-... Qué las cucharas toquen un ratito!
Instantáneamente, las cucharas comenzaron a sonar con ritmo alegre y jovial. Así estuvieron durante un buen rato hasta que Pepito maravillado, a la par que extenuado, las detuvo.
- Tenía Ud. razón, señorina. Esto es un instrumento como la copa de un pino. ¡Ay!, ahora recuerdo que es mi primer día de trabajo y tengo las vacas y la carreta a la puerta de su casa esperando para ir a pastar a la orilla del río. Si no cumplo, mi madrastra me va a...
Fue entonces que la vio. De la cocina en el ángulo más oscuro. Olvidada, silenciosa y cubierta de polvo, una guitarra. Cuantas notas dormían entre sus cuerdas, como los pájaros en las ramas, esperando la mano experta que sepa despertarla.
- Le voy a hacer una confesión, señora, desde que era más pequeño que un grano de trigo, siempre he soñado con tocar la guitarra. Como toda mi vida solo me he preocupado de trepar a los árboles, pisar los charcos después de la lluvia y perseguir a los perros y los gatos, nunca me he esforzado por aprender.
- Pues esta es la oportunidad que te tenía deparado el destino. Adelante, toma la vieja guitarra. Di las palabras del conjuro.
- ¡Garabito, garabato…!
- ¡Garabito, garabato…!
- ¡Garabato, garabito…!
- ¡Garabato, garabito…!
-... ¡Que la guitarra toque un rato…!
-... ¡Que la guitarra toque un rato…!
-... Qué la guitarra toque un ratito!
-... Qué la guitarra toque un ratito!
La guitarra sonaba divina. Sus dedos improvisaron melodías y sones de una belleza y una gracia nunca vistas. Así estuvo por un buen rato hasta que la bruja lo interrumpió diciendo.
- ¿Qué instrumento quieres llevarte de regalo, mozo de buen corazón?
¿Cuál pensáis que se llevó? Efectivamente, el que tanto había soñado poder tocar algún día: la guitarra.
Se despidió de la extraña y bienhechora anciana porque ya se le hacía tarde para cumplir con su tarea y después de darle un cariñoso abrazo, se dirigió con vacas, carreta y lecheras a la verde vereda del río.
Las vacas quedaron sueltas dedicándose a tareas vacunas y Pepito, sentado bajo un árbol, sin nada mejor que rascar, comenzó a tocar la guitarra. Primero dijo las palabras mágicas por lo bajo. La guitarra comenzó a sonar y sintió una canción que brotaba por su garganta como un chorro de agua fresca:
Tengo una vaca lechera
No es una vaca cualquiera
Me da leche merengada
Ay! que vaca tan salada
Tolón, tolón, tolón, tolón
Un cencerro le he comprado
Y a mi vaca le ha gustado
Se pasea por el prado
Mata moscas con el rabo
Tolón, tolón
Tolón, tolón
Entonces sucedió algo asombroso, las vacas se pusieron todas de pie al oír la guitarra y una a una fueron bajando los cántaros de leche de la carreta y se pusieron a escurrir sus ubres al son de la vieja guitarra: ¡chis-chis!; es decir, ¡se autoordeñaron!
Para cuando Pepito hubo terminado de improvisar su melodía, las vacas ya estaban autoordeñadas, habían subido los cántaros de la leche a la carreta y le hacían señas para que las llevase de vuelta a la cuadra:
- ¡Muuuuuuu!
La entrada de Pepito en el pueblo fue en loor o en olor, si lo preferís, de multitudes. A penas había puesto el pie en la primera calle del pueblo cuando todas las personas comenzaron a salir de sus casas con lecherillas y cacerolas en las manos. La leche de Pepito, ¡olía a música! Y el olor se había colado por las ventanas de las casas. Todos los vecinos comenzaron a recordar los momentos más importantes y valiosos de sus vidas, momentos en los que la música había estado siempre presente. No cabía duda, la leche de Pepito sabía a música y era capaz de transportar a tiempos felices a todos los habitantes de aquella comunidad.
No es de extrañar que vendiese en un abrir y cerrar de ojos toda la producción de leche del día, la cual le arrebataron de las manos como si repartiera peras de balde.
Ese fue su primer día de trabajo. Y así sucedió un día tras otro. Tanto es así que cuando eran Juan y Pedro, sus hermanos mayores, los que traían la leche, la gente la compraba a regañadientes, preguntado cuándo era el turno de Pepito.
Tanto fue así, que sucedió la segunda cosa triste de esta historia. La primera fue la muerte de la madre de los muchachos. La segunda fue que Juan y Pedro dejaron que se filtrase por sus venas el veneno de la envidia. Siendo esta ponzoña del alma más dolorosa y dañina cuando se produce y genera entre hermanos.
Juan y Pedro decidieron tomar cartas en el asunto y descubrir el secreto de la leche de su hermano, el trasto, el bala perdida, el zascandil de Pepito. A todo esto diremos que tenía él guardaba el secreto a cal y canto. Nadie sabía de que modo se las ingeniaba el truhan para producir la leche.
Los hermanos decidieron hablar con el tío Miguel. ¿Quién es el tío Miguel? El tío Miguel era el alfarero de la contorna. En su taller artesano elaboraba los mejores ajuares para la cocina y el hogar que un torno y un par de manos pueden crear. Luego vendía sus mercancías por los pueblos. Para ello se valía de un carro tirado por un burro muy burro con las orejas muy largas. Vendía muchísimo. No solo por la calidad y precio de los productos, también porque vendía cantando. Tenía una hermosa voz de barítono y cantaba con gracejo:
¡Vendo botijos, vendo cacharros,
vendo vasijas hechas de barro!
¡Bueno, bonito, precio fantástico.
Hechos de barro, no son de plástico!
- ¡Tío Miguel! ¡Tío Miguel! Háganos un favor. Cuando vaya a cruzar el río para ir al pueblo de al lado, deténgase un minuto junto al puente y averigüe como hace nuestro hermano Pepito para obtener esa leche que sabe a música – Dijeron los hermanos.
El tío Miguel era buena persona, pero era un poco ingenuo. Aceptó de buen grado la propuesta y en llegando junto al puente, bajo del carro, ató al burro a unos arbustos y comenzó a espiar oculto tras la maleza. Vio como Pepito tomaba la guitarra, decía unas palabras por lo bajo y comenzaba a tocar y a cantar. Asombrado pudo ver como todas las vacas se ponían de pie, bajaban las lecheras de la carreta y comenzaban a autoordeñase: ¡Chis-chis! ¡Chis-chis! Fue en ese preciso instante que el burro burrísimo del tío Miguel con sus largas orejas escucho la canción de Pepito y pensó que el también era una vaca. Dio un tirón a la cuerda que lo asía al arbusto y, libre de ataduras, comenzó a bailar y brincar dando coces de júbilo y alegría. En una de estas, dio tal golpetazo al carro que se tambaleó y cayó contra el suelo, haciendo que todos los botijos, todas las vasijas y todos los cacharros hechos de barro se rompieran en mil pedazos.
Al ver esto, el tío Miguel montó en cólera, abandonó su escondrijo y con aquella potente voz de barítono dijo:
- ¡Te voy a...!
Ya sé lo que estáis pensando, que estaba tan enajenado que iba a arrancarle la vida allí mismo. No, no, el tío Miguel era un hombre cabal y, por lo tanto, civilizado. Lo que dijo fue:
- ¡Te voy a... denunciar! – Que es lo que hace la gente cabal y civilizada.
Algunos días después, una carta llegó a la casa de Pepito. Traía el sello del juzgado. No tuvo otro remedio que presentarse delante del juez.
- ¡Orden en la sala! –Dijo mandó el magistrado mientras su martillo golpeaba la mesa. – Señor Pepito, preséntese ante este tribunal.
Pepito abandonó el banquillo y se personó delante del juez.
- Sr. Pepito, se le acusa de haber destrozado los botijos, los cacharros y las vasijas hechas de barro del Tío Miguel. ¿Es eso cierto?
Pepito lo negó con un rotundo movimiento de cabeza conocido en todo el mundo como “tiru-liru que yo no he sido”.
- Sr. Pepito, ¿se declara Ud. inocente de los hechos acaecidos a la vera del río cuando el Tío Miguel pasaba casualmente por allí?
- Señoría, me declaro inocente.
- ¿Puede darnos su versión de los hechos?
- Sí, señoría. Yo siempre quise ser músico, pero nunca le dediqué tiempo a aprender. Un día una bruja me regaló una guitarra encantada por mi buen corazón. Cuando yo la toco, las vacas se ponen de pie (vacunus erectus) y comienzan a autoordeñarse y manar leche que sabe a música. Si el Tío Miguel a instancias de mis dos hermanos Juan y Pedro no hubiese estacionado el carro en el río para espiar mis procedimientos lácteos, el burro no hubiera pensado que era una vaca (vacunus erectus), no hubiera empezado a bailar, no hubiera dado una coz por los cuartos traseros y no hubiera roto los botijos, los cacharros y las vasijas hechas de barro de Tío Miguel. Es a toda luz evidente que soy inocente.
- ¿Qué posee Ud. una guitarra encantada?
- Pepito asintió con el universal gesto de cabeza que significa, Calixto no te pases de listo.
- ¿Puede demostrar la veracidad de sus palabras?
En ese momento se abrieron las puertas de la magistratura y aparecieron dos fámulos elegantemente vestidos que llevaban en las manos una bandeja de alpaca con la guitarra de marras.
Pepito la tomó entres sus manos. Dijo las palabras mágicas y al instante comenzó a cantar y tocar haciendo que toda la sala se jalease, diese palma y danzase.
El alcalde de Arrigorriaga
tiene mucha ilustración.
El alcalde de Arrigorriaga
tiene mucha ilustración.
Pues sabe tocar el chistu,
y un poquito el acordeón.
También toca la pandereta
y se llama Pantaleón.
Pantaleón, Pantaleón...
Bailaba el público asistente, bailaba el jurado, bailaba el fiscal, bailaba el abogado, bailaba el Tío Miguel y hasta la peluca y el martillo del juez bailaban.
- ¡Orden en la sala! ¡Orden en la sala!
Pero hasta que Pepito no ceso su canción, nadie dejo de jalear ni de aplaudir.
- Tiene Ud. razón, don Pepito. –jadeó exánime el Sr. Juez. - Esa guitarra está encantada y si el Tío Miguel no hubiese sido tan insensato de hacer caso a los tendenciosos y malevolentes de sus hermanos, no habría perdido su producción de cacharros. No obstante – y se pasó el pañuelo por la frente – le voy a condenar a que entregue su guitarra a la primera persona que se encuentre a la salida de este tribunal. ¡Visto para sentencia!
Dio un golpe en la mesa con su martillo; se hizo justicia. A Pepito no le quedó más remedio que obedecer. ¿Sabéis a quién se encontró a la salida del tribunal? ¿A la vieja bruja? No, no, ni por pienso. Se encontró con un servidor, la persona que cuenta esta historia. Por eso puedo aseguraros que es la pura verdad, que no he faltado un punto a la verdad. ¿Qué donde está la guitarra? Donde va a estar, en mi casa. Allí la tengo bien guardada, no vaya a ser que caiga en manos de un desaprensivo y vaya Ud. a saber lo que ocurre.
Pero volvamos al final de esta historia. Pepito se deshizo, no sin pena – todo hay que decirlo – de su mágico instrumento, pero a partir de entonces se propuso ser un gran músico. Era joven y tenía toda la vida por delante. Hizo las paces con sus hermanos, que ya no volvieron a dar señas de envidia ni de otros males que son tan dañinos entre hermanos.
Pepito, con estudio y tesón, llegó a ser un músico muy conocido. No había fiesta, sarao, banquete, boda, cumpleaños, que no alegrase con su música. Dicen que murió muy viejecito y que nunca, nunca, se olvidó de trepar a los árboles, pisar los charcos después de la lluvia y perseguir a los perros y a los gatos.
Autor: José Manuel Ramos Alonso, alias, Crispín d’Olot